Saltar el muro



Hace un par de meses me encontré por casualidad en Internet con las bases del I Concurso de Relatos Cortos de Viaje de la Librería Altaïr Madrid. El premio era muy tentador: 2 pases globales de Interrail para 22 días y un año para gastarlo. Las bases sencillas: no podía exceder los 4 folios, el leit motiv era el viaje -en cualquiera de sus vertientes-, y debía comenzar con la siguiente frase: “Encima de la mesa de información de RENFE se amontonaban decenas de folletos de InterRail…”

Este sábado pasado, 10 de noviembre, salió el fallo del concurso y en breve publicarán en la web de Renfe el relato ganador ¡Qué ganas de leerlo!. Esta vez no ha podido ser, pero lo he pasado tan bien imaginando y escribiendo mi historia, que no me he podido resistir a compartirla aquí con todo aquel que la quiera leer. La he hecho desde el corazón, así que espero que os guste.

Encima de la mesa de información de Renfe se amontonaban decenas de folletos de InterRail… Estaba decidida: iba a hacerlo. “Tenía” que hacerlo. Se lo debía a él, me lo debía a mí, a los dos… Me acerqué al mostrador y los ojos se me llenaron de lágrimas, la garganta se me hizo un nudo y sentí la necesidad irrefrenable de gritar, como si eso fuese lo único capaz de aliviar mi dolor… pero me quedé allí parada, controlando mi instinto.

-¿Se encuentra bien señora? ¿Puedo ayudarla en algo?

Me serené un poco y dije con un hilillo de voz:

– Sí, si, disculpa, estoy bien. Estaba buscando algo pero… da igual…

Salí de la oficina casi sin acabar mi frase. Me faltaba el aire. Necesitaba respirar. Afuera me senté en el primer banco que vi, apoyé la cabeza contra la pared y respiré lo más hondo posible. Con cada bocanada de aire, los recuerdos comenzaban a abordarme.

Apenas podía ver la carretera cada vez que el limpiaparabrisas sacudía la luna de mi coche. Hacía un día de perros y la carretera de Colmenar, nueva para mí, parecía desolada y triste. A mi me daba igual. Pese al mal tiempo, el madrugón y mi destino: la Cárcel de Soto del Real, yo estaba muy contenta.

Un par de días antes había recibido la comunicación de la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias: me incorporaba a la cárcel de Madrid V como educadora social y “Coordinadora de Formación”. Además de las clases tendría el cometido por el que llevaba años luchando: encargarme de la biblioteca.

Tenía algunas amigas trabajando en cárceles de Cataluña y me habían contado historias muy interesantes. Claro que la situación de allí es muy distinta, pero tenía muchas ganas de hacer cosas nuevas y de aportar mi granito de arena. Había leído infinidad de artículos acerca del poder de la lectura en la rehabilitación y reinserción de los presos, algunas iniciativas por España, ejemplos de Centroeuropa, los países nórdicos… En definitiva, me hacía mucha ilusión esta nueva etapa.

Vista una cárcel, parece que ya las has visto todas. Por lo menos en España. Así que no me costó demasiado acostumbrarme a Soto del Real: sus pasillos interminables, los controles, los distintos módulos, ni siquiera al batir de la última puerta, la corrediza, que parece susurrarte “Ahora si, estás dentro”.

Los primeros días en la escuela y la pequeña biblioteca contigua fueron muy llevaderos. La gente era muy amable y a penas tuve el mínimo problema. Muchos venían a por libros de préstamo, para consumo en la celda; los menos se quedaban en la pequeña sala de lectura. Todos coincidían en lo mismo: la biblioteca es el mejor lugar donde se puede estar dentro de la cárcel… Una pena que ese refugio solo durase 4 horas al día…

Y luego llegó él. Carlos apareció en mi vida de manera fortuita, sin esperarlo. Jamás, repito, jamás, pensé que me fuese a fijar en un interno… y mucho menos enamorarme de él. Carlos era conocido en Soto del Real por su carácter pausado y afable, venía de estar destinado en el economato y un muy buen día mi jefe decidió que era el candidato perfecto para acompañarme como auxiliar de biblioteca.

No sabría decir cuando llegó, ni de que hablamos las primera veces que nos vimos, supongo que de la biblioteca y de cómo repartirnos las tareas. Sin embargo, me vienen a la memoria infinidad de episodios posteriores: el primer contacto de nuestras manos, evitando las miradas inquisitivas; las cartas escondidas entre las páginas de los libros; nuestras largas charlas; muchísimas risas; o simplemente la sensación de compañía. Solo eran 4 horas al día, pero para mi eran las 4 horas más felices.

No era tanto lo que contaba, sino cómo lo hacía. Podría describir al milímetro esa mirada vivaracha, luminosa, y como se llenaba de aire cuando abordaba un tema que le apasionaba. Su cara irradiaba luz cada vez que recordaba cosas que había leído, tenía una memoria prodigiosa. Sabía dónde y cuándo había visto tal cosa o tal otra. Y si había un tema que le fascinaba o, mejor dicho, que nos fascinaba, ese era el viaje: conocer mundo, compartir experiencias con otra gente. Ser libres.

Con el tiempo me dí cuenta de que los libros, especialmente los de viajes -sus favoritos- le hacían más fácil su encierro. Los relatos de otros viajeros le ayudaban a evadirse de la realidad, olvidar su condena y abandonar mentalmente el reducido universo de la cárcel, algo que él mismo definía como “saltar el muro”, aunque solo fuese con la imaginación. Mi encierro en aquella prisión era voluntario, pero creo que también quería saltar el muro, un muro muy alto y escarpado: el de una vida anterior que, por diversos motivos, quería dejar atrás para emprender un nuevo camino.

No me acuerdo si fue una semana, dos, tres, o seis meses, el caso es que llegó un día en que los viajes anhelados por cada uno se convirtieron en uno conjunto. La India, Brasil, Suiza, Perú, Francia o Tailandia… cualquier destino era bueno para soñar con un futuro juntos fuera de ese encierro. Aprovechamos cada tarde, cada minuto, para imaginarnos como sería ese viaje fantástico en el que los dos iríamos de la mano. Nunca pudimos abrazarnos, no hicimos el amor, ni siquiera tuvimos una primera cita en la que ponernos nerviosos, pero fuimos amantes, aunque solo fuese a través del pensamiento y las palabras. Los mejores amantes…

Ahora soy consciente de que nuestro amor será eterno, aunque de forma física solo duró un año y medio. Para mí, un tiempo más que suficiente para saber que Carlos fue, es y será el hombre de mi vida. Precisamente, esa fue la dedicatoria que le escribí en el último libro que le regalé: “Para el hombre de mi vida”. La dedicatoria, camuflada en un acrónimo que nos habíamos inventado, fue capaz de despistar al más avispado de los funcionarios que lo inspeccionaron con lupa y -lo que más me dolió- con cierto desprecio. No entendían porque una trabajadora del centro le regalaba nada a un interno…y menos un libro.

No era un libro cualquiera, era Un año en la Provenza, de Peter Mayle, una joya con la que descubrir el sur de Francia a través de sus paisajes, sus gentes o la gastronomía. La gran ilusión de Carlos era recorrer la Provenza en tren, saltando de pueblo en pueblo. Su abuelo había emigrado a finales de los sesenta a Moustiers-Sainte-Marie y posteriormente se había ganado la vida como maquinista de tren en Aix-en-Provence. En realidad nunca llegó a conocerlo, pero fue su madre la que desde niño se encargó de contarle historias de pueblos pegados a las montañas y campos de lavanda. En el año y medio que nos conocimos soñamos con ir juntos a miles de sitios, pero su obsesión era la Provenza.

Por ese motivo, yo también comencé a amar aquel lugar en el que nunca había estado. Y fue mi amiga Pilar, de Altaïr, la que me recomendó llevarme ese libro. “Si es un enamorado de la Provenza, este es el libro perfecto. Es un clásico. Le gustará…”. Pilar nunca se equivocaba, la conocí años atrás por una amiga de una amiga y además de recomendarme siempre buenos títulos, colaboraba todos los años con nuestra biblioteca. Nunca fallaba. Y aún a día de hoy no sé como agradecérselo.

También fue ella la que me asesoró para hacer el otoño pasado un ciclo de literatura de viajes. Cada libro que elegía, cada tema, cada destino, lo hacía pensando en si le gustaría o no a Carlos. Hicimos un concurso literario, con gran participación, y varios talleres. La guinda del pastel fue conseguir que nos visitase Javier Reverte. Todos lo escucharon con atención y preguntaron infinidad de cosas; Carlos no podía ni hablar, estaba ensimismado pensando en África y en la Antártida. Aquella tarde cuando nos despedimos, su mirada brillaba más que nunca y aunque no me podía decir gran cosa, pude leer en sus ojos un “gracias” que me acompañó toda la noche, pese a estar sola en mi casa.

Todas estas historias y muchas más son las que revolotean como pájaros en mi cabeza al pensar en él y es en esos momentos en los que consigo deshacerme del nudo en la garganta y sentir una paz absoluta. Los recuerdos me reconfortan, me gusta pensar en todo lo bueno que vivimos juntos; incluso a veces noto como si me abrazase, pese a no haberlo probado nunca…Sin embargo, ese consuelo no dura mucho tiempo y cuando vuelvo a la realidad solo puedo recordar aquella maldita mañana en que recibí esa llamada:

“Espe, soy Antonio, de Soto… ha habido un incidente en la cárcel esta mañana y… bueno, no sé como decirte esto, lo siento… el caso es que Carlos, tu auxiliar, ha muerto…”

Hubo una pausa. Antonio, mi compañero de trabajo, no supo qué más decir. Solo escuchaba su respiración acelerada al otro lado del teléfono; yo tampoco pude rellenar ese silencio. Estaba ensimismada, ida, aquella película no podía ir conmigo. A lo mejor era un mal sueño, pensé. Seguro…

“…hubo un pelea -prosiguió Antonio a medida que bajaba el tono-, no está claro, creen que el detonante fue un libro. Se lo robaron, que sé yo, y Carlos quiso recuperarlo. Lo siento…Sabemos que tu tenías una relación muy estrecha con él y hemos querido avisarte lo antes posible. Luego te llamará el jefe. Me ha dicho que si no estás bien te cojas unos días. Lo siento, de verdad. Lo siento mucho…”

No sé como, pero reuní la fuerza necesaria para juntar unas palabras: “No te preocupes, Antonio, de verdad. Gracias por avisarme, muchas gracias; ya mañana, más tranquila, os llamo. Adiós”.

A partir de ese momento fue un infierno que no quiero -ni debo- recordar. Todo pasó muy deprisa y los recuerdos se amontonan en mi cabeza. Papeleo, duelo, entierro. Nadie se hizo responsable de Carlos y yo me ofrecí a solucionarlo todo, al fin y al cabo “era mi auxiliar”. Uno de los momentos más duros fue cuando me entregaron el libro de la disputa, el libro de Mayle, el último libro que le pude dedicar. En el entierro lo metí junto a un bouquet de lavanda en el nicho, a un lateral del féretro. Ver como lo cerraban para siempre me desgarró el alma. Me hubiese cambiado por él sin dudarlo un segundo.

Ya han pasado dos semanas. Aquí estoy sentada en Atocha… voy a entrar en la oficina de Renfe y comprarme un pase de Interrail para Francia. Empezaré recorriendo el sur, la Provenza, y luego dios dirá. Me han dicho que ahora en julio está precioso, los campos han florecido y el sol acaricia la lavanda y el jazmín. Se lo debo a Carlos, me lo debo a mí, a los dos. Carlos, mi amor, espérame allá donde estés, tendré muchas anécdotas de este viaje que contarte…

FIN

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6 respuestas a Saltar el muro

  1. Susana dijo:

    No sé cómo será el ganador, pero después de leer el tuyo, no puedo esperar para comprobarlo. Precioso!

  2. jaimegprado dijo:

    Muchas gracias, me alegra que te haya gustado. La verdad es que, como explico en el post, me lo pasé genial inventándome la historia y documentándome sobre un tema que me parece muy interesante: las bibliotecas y la lectura en las cárceles :-)

  3. María dijo:

    Me ha encantado y me ha emocionado. Con lagrimita y nudo en la garganta incluidos. Es una historia que engancha y conmueve. Me ha gustado mucho que la protagonista sea una mujer. Enhorabuena. Sigue escribiendo y compartiéndolo, claro.

  4. Alba dijo:

    Tú lo has escrito desde el corazón y yo de corazón te digo que me gustó mucho. Bicossss ;-)

  5. jaimegprado dijo:

    Muchas gracias :-)

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