Restaurantes buenos, bonitos y baratos en París (I): Chez Chartier

Desde que anuncié en Facebook que escribiría sobre donde comer “bueno, bonito y barato” en París ya han sido varias las personas que han dudado de mi al más puro estilo aquiniano. Todos coinciden en que bueno y bonito, vale, pero que encontrar sitios baratos y de calidad en la Ciudad del Amor es una tarea casi imposible. Según un informe de la Economist Intelligence Unit (EIU) París es la segunda ciudad más cara del mundo, solo superada por la futurista Singapur, pero hacedme caso: se puede. Para todos aquellos incrédulos, voy a ir revelando algunos sitios donde -a mi juicio- se come con la Triple Be. Hoy le toca al Chez Chartier

Interior de Chez Chartier, una vuelta a la Belle Époque

Al Chartier fui en mi penúltimo viaje a París. Entrar en este “Bouillon” -antiguos restaurantes de comida barata para obreros- es como retroceder a finales del siglo XIX. Concretamente a 1896, año en el que se fundó el restaurante y que ha dado al local ese aire tan decimonónico que ya merece una visita de por si. Y es que el Bouillon Chartier está clasificado desde hace ya algunos años como Monumento Histórico de la ciudad de París.

Al principio choca su entrada, anodina y con cartel de neón incluido. Después te das cuenta que el restaurante está dentro, en un patio interior, y que la cola de gente que ves está esperando para lo mismo que tú…Cruzas la puerta giratoria y ¡voilà! Estas en medio de un amplio salón Belle Époque con paredes color crema, espejos, mobiliario de madera, lámparas modernistas, un enorme reloj de estación y dorados portaequipajes sobre tu cabeza, muy prácticos para dejar los bártulos de turista. En una esquina un detalle asombroso: un mueble con casilleros numerados en los que los clientes fijos guardaban sus servilletas y sus cubiertos hasta la próxima visita. De película…

En plena faena y con la comanda apuntada en la mesa

¡Pero hemos venido a comer! Así que una vez pasado el shock inicial descubrimos una carta de calidad, rápida y barata en la que encontramos platos tan típicamente franceses como el confit de canard (pato confitado), andouillette grillée (salchichas a la parrilla con mostaza) o tartare de boeuf (tartar de ternera), por no hablar del foie gras o los excelentes quesos como el de chèvre, camembert o el bleu d’Auvergne. Para los estómagos con más aguante, media docenita de escargots o caracoles y que dios os pille confesados.

Otro detallazo de película: los camareros. Corretean por el salón, gesticulando con su acento francés ‘monsieur, s’il vous plaît’ y cogiendo comandas que apuntan a lápiz en el mantel para luego hacerte las cuentas de la vieja a la hora de pagar. Todos van perfectamente uniformados: chaleco negro, camisa blanca, pajarita y un larguísimo delantal que, si has visto la película, no podrá dejar de recordarte a ‘Ratatouille’.

Con el segundo plato. El camarero y el cajetín de los cubiertos al fondo.

Para acabar, solo ponerle una pega que ya os anuncio que se puede extender al resto de locales parisinos de los que os voy a hablar y es que no es un sitio para tener precisamente una cita romántica. Te sientan donde les cuadra y si no recuerdo mal prácticamente todas las mesas son para cuatro personas, así que es más que probable que tu bis a bis se convierta en una cena de dobles parejas. Pero bueno, estás de vacaciones y en París ¡qué más da! Además, Chez Chartier es un sitio donde los turistas se entremezclan con parisinos de toda la vida, así que aprovecha la oportunidad y lánzate a practicar francés…               ¡Au revoir!

¿Dónde? 7 Rue du Faubourg-Montmartre.

¿Cómo llegar? M: Grands Boulevards.

¿Cuándo? Todos los días de 11.30 a 22 horas, ininterrumpidamente.

¿Cuánto? Cada día en su pizarra ofrecen unas sugerencias en la que confeccionan un menú completo por unos 18 o 20 euros. Pidiendo por la carta hay entrantes desde 1,80 euros, platos a 8,50 y postres a partir de 2,20 euros. Para los bolsillos más apretados la sopa de la casa está a un eurito.

Para saber más… http://www.bouillon-chartier.com/en/

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Persiguiendo a Van Gogh: Arlés

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Cuando estaba en la Universidad, planeé mi primer viaje ‘loco’, que -obviamente- nunca realicé por falta de presupuesto… que no de ganas. Le había puesto un título muy ambicioso, “Persiguiendo a Van Gogh”, y era un recorrido por los principales escenarios de su vida.

Me acababa de leer Anhelo de vivir, una novela de Irving Stone que repasa la azarosa vida del pintor, desde su Zundert natal a la localidad francesa de Auvers-Sur-Oise, en cuyo cementerio descansa Van Gogh junto a su hermano Theo. Resta decir que como buen estudiante de Historia del Arte, el viaje contaba con visitas a algunos de los principales museos que guardan obras del pintor holandés.

Pasado el tiempo, me acordé de aquel viaje que se había quedado atrapado en el interior de mi viejo PC. Ya tenía presupuesto pero no disponía de tiempo… ¡El eterno problema del viajero! …¿Qué hice? Pues sacarme la espinita con una escapada relámpago a Arlés, la localidad de la Provenza Francesa a la que Vincent llegó atraído por la luz del Sur, dejando tras su paso más de 300 obras, algunas tan geniales y conocidas como su habitación.

De esa experiencia, que ya os adelanto que fue un poco “decepcionante” -quizás porque no disfruté de esa luz sureña que enamoró al pintor- os dejo aquí un resumen de los principales lugares que se pueden visitar tras los pasos del “Fou-Roux”. Se trata del Circuito Van Gogh, que a través de diez paneles desperdigados por la ciudad nos indican el sitio exacto donde el pintor colocó su caballete y la pintura que plasmó. Van Gogh estuvo en Arlés 15 meses, de febrero de 1888 a mayo de 1889.

  1. Le Café “Le Soir”. Empiezo por esta porque ¿quién no conoce este cuadro? La terraza de este viejo café -hoy rebautizado como  ‘Café Van Gogh’- es para todos una imagen icónica del postimpresionismo y de la forma de pintar vangoniana. Hoy día es un lugar eminentemente turístico, en plena Plaza del Foro, pero que ha sabido recuperar una estampa mítica para los turistas culturetas que llegamos con ganas de Van Gogh… Cafe_Noche_Arles_Van_Gogh
  1. L’escalier du Pont de Trinquetaille. Personalmente, no había visto este cuadro en mi vida pero se ve que el sitio guarda gran parecido con lo que fue hace más de 120 años, que se dice pronto. Si coincide de camino se le pueden prestar un par de minutos.Puente_Trinquetaille_Arles_Van_Gogh
  1. La nuit étoilée. Tenía claro que los cielos estrellados eran la visión particular del pintor y que no vería nada ni siquiera parecido. No obstante, un paseo de noche a orillas del Ródano nunca está de más. Eso si, mejor deleitaros con el cuadro original ¡No hay color!Noche_estrellada_Rodano:Arles_Van_Gogh
  1. La maison jaune. Van Gogh alquiló en la Plaza Lamartine esta casa “amarilla” en mayo de 1888. Lamentablemente fue bombardeada casi sesenta anos después, durante la Segunda Guerra Mundial y, como se aprecia, no queda nada de la parte delantera. La imagen no vale mucho pero la gracia de este edificio radica en haber sido testigo de una de las relaciones más turbias del arte contemporáneo: la de Van Gogh y Gauguin.Casa_Amarilla_Arles_Van_Gogh
  1. Les arènes. Así se conoce popularmente al anfiteatro romano de Arlés,  orgullo y emblema de la ciudad, especialmente tras su declaración como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Quizás lo que más me sorprendió de este edificio es que está encasquetado en medio del corazón de la ciudad, sin apenas mucho espacio para verlo con perspectiva. El interior está bastante adulterado ya que se usa para eventos taurinos; un auténtico furor en Arlés, donde impera el mundo “cañí” (y los gitanos, por cierto). Lo visitamos prácticamente a solas por lo que no sé si en pleno apogeo podría traer un vago recuerdo del cuadro vangoniano.Arena_anfiteatro_Arles_Van_Gogh
  1. Le vieux Moulin. Creo, repito, “creo” que lo vi aunque estaba un poco complicado de encontrar, incluso con el mapa que lo sitúa exactamente en la Rue Mireille. Si me permitís la sinceridad: no merece la pena acercarse. Un bluf.Viejo_molino_Arles-Van_Gogh
  1. Les Alyscamps. Otro de los lugares de época romana declarados Patrimonio de la Humanidad en Arlés. Se trata de una una gran necrópolis cuyo paseo tiene su encanto, aunque casi me quedaría con la iglesia en ruinas del final: San Honorato. Un lugar muy ‘romántico’, donde reina a ratos iguales el silencio y el zureo de las palomas. Gauguin, el amiguito de Van Gogh -hasta lo de la oreja, claro- también pintó estos particulares Campos Eliseos.Alyscamps_Arles_Van_Gogh
  1. Le jardin public. Un jardín ramplón en el Boulevard de Lices. Es más, yo casi aprovecharía la visita un sábado por la mañana que es cuando esta calle acoge un mercadillo de productos provenzales. Mucho más interesante hacerte con un salchichón de Arlés, un queso de cabra, sal de la Camarga o una tapenade y una buena baguette.Jardin_publico_Arles_Van_Gogh
  1. Le jardin de la maison de santé. Es el jardín del antiguo Hospital de Arlés donde el pintor fue tras el incidente con su oreja derecha. Actualmente a este sitio se le denomina “Espacio Van Gogh” y cuenta con locales comerciales en su planta baja y el Instituto de Enseñanza Media en la superior. El claustro y el jardín han sido restaurados imitando, tal cual, el cuadro. Resulta bastante artificioso…Hospital_Arles_Van_Gogh
  1. Le Pont de Langlois aux Lavandières. Y dejo para el final la niña bonita del recorrido: el puente de las lavanderas, reconstruido tal cual en una zona bastante alejada de lo que es la ciudad, es otro de los puntos que -en mi opinión- hace que uno vuelva a ese Arlés de finales del siglo XIX. Como he comenzado el post con la foto de mi visita a este lugar, acabo el recorrido con una versión del cuadro original.Puente_Van_GoghEn definitiva, 10 paradas -de las muchas que podrían haber sido- que nos acercan un poco más a lo que fue Arlés a finales del siglo XIX y especialmente a una de las etapas doradas en la producción pictórica de Van Gogh. ¡Quién sabe! Algún día completaré el recorrido que ideé hace años siguiendo la estela de este genial pintor. Si lo hago, no dudéis que será aquí donde lo cuente… ¡Hasta pronto!
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Vuelta al cole en Camboya… ¡Gracias Intervida!

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Porque no es lo mismo contarlo que vivirlo -¡gracias Samantha!-, hace poco más de un mes Antonio y yo decidimos aprovechar un viaje a Camboya para conocer de cerca el trabajo que hace allí Intervida. Desde hace años colaboramos con esta ONG, primero con un “ahijado” en Perú y luego en Filipinas. Una ayuda cuyos frutos seguimos a través de Internet, las memorias anuales o los trabajos escolares que regularmente te envían a casa.

Aun así no es lo mismo…

Así que una vez descartada la posibilidad de viajar a Filipinas, para ver a nuestro actual ahijado, el personal de Intervida nos comentó que podíamos visitar otro proyecto que tuviesen en marcha, en cualquier lugar del mundo. Y ¡Voilà! En nuestra ruta por el Sudeste asiático aparecía Battambang, una región al noroeste de Camboya, donde trabaja la ONG y a la que nos sería fácil de acceder desde Siemp Reap, nuestro centro de operaciones camboyano.

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No sin mucho trabajo, en España y en Camboya, allí llegamos. Varias horas de autobús, malentendidos, conversaciones telefónicas surrealistas… ¡pero allí estábamos! Al bajar del autobús, nos estaba esperando Poliveth, el enlace de KNKS, la ONG local que trabaja como contraparte de Intervida. Con él dejamos atrás la burocracia y nos metimos de pleno en la visita. Por fin…

Poliveth nos enseñó su oficina, nos explicó en que consiste su trabajo, que se resume en facilitar el acceso a la educación preescolar y primaria de los niños que viven en la zona rural de la provincia de Battambang. También nos presentó a su compañera y a un grupo de voluntarias, y pudimos presenciar una reunión para organizar talleres de prevención de alcoholismo y violencia de género. Como anécdota, añadir otro aprendizaje: como viajar tres hombres adultos en una scooter y no morir en el intento. ¡¡¡Auténtico!!!

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Con toda la teoría sabida, pasamos a la práctica, volvimos a las motos y fuimos a la escuela: la Slor Kram Primary School, que estaba en una zona rural a unos 20 minutos de la ciudad. El trayecto, “melena al viento”, fue emocionante: caminos que eran auténticos barrizales -era la época de lluvias-, las aguas color chocolate del río Sangker, poblados, cabañas, gallinas, vacas famélicas…vamos, Camboya 100%. Pero fue llegar al colegio y se hizo la luz.

La experiencia fue fantástica. Primero nos entrevistamos con el director, que nos contó que llevaba allí más de 30 años y que había ayudado a educar a miles de niños y niñas. Nos explicó la importancia de la formación primaria, el perfil de alumnos que acudía a la escuela y como algunos llegaban incluso a estudios superiores. El mensaje fue claro: SIN EDUCACIÓN NO HAY FUTURO. Y más en un país donde el 43% de la población son menores de 18 años. ¡El 43%, señores!

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En las aulas todo fue buen rollo ¡No me extraña que le llamen “El Pais de la Eterna Sonrisa”! También hubo muchos nervios: nuestros y de ellos. Una a una, fuimos entrando en cada clase de primaria y saludando y hablando con los niños. Hubo preguntas por nuestra parte y por la suya, ya que en un  perfecto inglés se interesaron por nuestros nombres, familias y aficiones. Los vimos haciendo ejercicios de matemáticas, dictados, estudiando geografía y ciencias naturales…de todo, pero nos quedamos con sus caras de alucine cuando nos vieron aparecer. Sé que soy repetitivo pero os lo recomiendo, es una experiencia única.

Después de un buen rato de turné, dejaron salir a algunos niños al patio para que se hiciesen una foto de grupo con nosotros. Luego, tuvimos que volver… estábamos de paso y nos quedaban varias horas de vuelta a Siem Reap. El momento realmente mágico fue cuando salimos de la escuela en las motos, a ambos lados los niños nos hicieron un pasillo y saludaban como locos: adiós, adiós, adiós…

El camino de vuelta se hizo mucho más ameno… ¡Lo habíamos conseguido!

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El que quiera saber más sobre el proyecto en Camboya, que pulse aquí.

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¿Por qué es más fácil encontrar un Unicornio que un hamman -que no spa- en Marrakech?

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Hamman, hamman, hamman…” anunciaban decenas de jóvenes en cada una de las esquinas de la Plaza Djem’a el-Fna de Marrakech. ¿Pero a que tipo de baño se referían? Precisamente no a un baño tradicional donde van marroquíes, sino a una suerte de spa-balneario  para turistas o marrakechíes de altos vuelos. Corría el año 2008, era mi primera vez en Marrakech -y Marruecos- y decidí dejar la experiencia para otro momento…

Pasados 5 años, con mucha más experiencia viajera y unas friegas turcas en mi dolorido cuerpo, vuelvo a Marrakech y quiero probar un hamman en La Ciudad Roja. Así que comencé a documentarme sobre dónde encontrar un hamman “popular”… Y cual fue mi sorpresa, cuando descubrí que por Internet es muy difícil encontrar ni una sola referencia práctica sobre este tipo de baños. “Haberlos hailos”, alguna gente cuenta experiencias extrasensoriales, hablan de precios irrisorios, del público objetivo, pero nada de direcciones. De ahí mi broma de que es más fácil encontrar un Unicornio que un baño tradicional…

Lo primero que me sorprende al echar un vistazo en la Red es que revistas de viajes de tanto calado como la Traveler los recomienden encarecidamente y aseguren que “en casi todos los barrios encontrarás carteles que anuncian hamman populares…” pero no den ni una sola referencia ¿tanto peso tiene la industria spa en Marrakech? ¿Por que dan un nutrido listado de hamman turísticos y ni una sola referencia de los otros?

Quizás recomendar la experiencia en un baño popular sea solo una pose y en realidad les puedan los prejuicios. Aluciné al leer esto de un blogger de viajes y editor de una revista digital que se dice “guía turística del universo”:“Luego están los que prefieren una pátina de autenticidad recurriendo a los mismos locales que los nativos usan en los barrios. En tal caso conviene tener ojo clínico para elegir, so pena de encontrarse un lugar inmundo donde en vez de limpieza se corra riesgo de pillar alguna infección, ya que muchos de los usuarios carecen de cuarto de baño en su casa y por eso van al hammam.” No pongo link. No lo merece.

Después de varias horas de intensa búsqueda, con el estrés cerebral que el hipertexto conlleva, he llegado a la conclusión de que lo mejor será perderse por la medina. Ya contaré en que acaba esta historia … Eso sí, tanta página web me ha servido para aprender algunas cosas que se deben conocer sobre hamman populares, ya que más vale prevenir que lamentar…

Lo primero es que entras “a pelo”, es decir, pagas entre 10 y 30 dirhams en la puerta y no te dan nada. Toalla, chanclas, jabón o esponja corren por tu cuenta. Lo básico se puede adquirir allí y también he leído que en los supermercados -o un zoco- te puedes hacer con un ‘kit’. Lo esencial es jabón NEGRO y un guante TIPO KESSA. Ah, otro detalle: a la entrada súmale un par de dirhams más de propina para quien guarda las bolsas y la ropa.

Además, hay que estar al loro porque los hammam no son mixtos -ahora se empiezan a llevar los exclusivos para féminas- y si no tienen dos salas diferenciadas, lo más normal es que haya horarios distintos para hombres y mujeres. Así que no está de más informarse antes de ir. La norma general creo que es mañana y anochecer para hombres y las tardes para las mujeres.

Lo de siempre: SEGUIRÉ INFORMANDO. Y por supuesto, todo aquel internauta que lea esto y pueda darme una dirección ¡daos prisa! El 31 de agosto ya estoy en Djem’a el-Fna viendo bailar a las cobras ;-)

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La deliciosa cocina jemer: lo que necesitas es “Amok”

Puesto de Pho Yong en Siem Reap

Puesto de Pho Yong en Siem Reap

“What’s your favourite food?”, me preguntó una aprendiz de periodista de diez años en una escuela de Battambang, en Camboya. Lo que no esperaba mi entrevistadora es que le respondiese “Amok”. Ni ella, ni el resto de sus compañeros, que estallaron en una carcajada.

A ver, independientemente del guiño, tampoco iba desencaminado del todo. El Amok o cualquiera de las especialidades culinarias de este país del sudeste asiático podrían entrar perfectamente en mi ránking de platos favoritos. Y es que para gustos, no hay nada escrito…

Sabéis que una de las motivaciones fundamentales de mis viajes es la gastronómica y que siempre he sido muy partidario de aquel dicho popular que reza “donde fueres… haz lo que vieres”. Sin embargo, tampoco soy un experto en la materia, ni me guío por ninguna otra pauta que no sea la mera curiosidad y un apetito voraz, jajaja.

Dicho esto, en este post solo pretendo daros a conocer dos de las especialidades de la cocina khmer o jemer, como más gustéis, basándome simple y llanamente en mi experiencia y mis gustos, por si os puede servir para orientaros en un futuro.  Me estoy refiriendo al Lok Lak y el Amok.

Lok Lak

Lok Lak

El primer plato, el Lok Lak (o Loc Lac) consiste fundamentalmente en unas tiras de ternera marinadas con una salsa hecha a base de tomate, jugo de limón -de ahí su acidez-, cebolla y pimienta de Kampot. Esta carne se sirve sobre una cama de ensalada y arroz y se acompaña de un huevo frito. Vamos, que con hambre no te quedas, desde luego.

Uno de los lok laks más rico que he probado en Siem Reap, la ciudad que hace de campamento base a los visitantes de Angkor, es el que sirven en el puesto callejero Pho Yong; justo en uno de los extremos de la mega-turística Pub Street. Una vez superada la gracia del nombre –en jemer no se leen las haches intercaladas-, este puesto ofrece abundantísimos y sabrosos platos por un par de dólares.  Es sin duda, una muy buena dirección.

Amok de pollo

Amok de pollo

Por su parte, el Amok, ese plato que tantas risas despertó en la escuela de Battambang, hace referencia a una técnica culinaria propia del sudeste asiático, relativa al proceso de cocer al vapor un curry en hojas de plátano. El plato resultante es un curry suave y caldoso hecho con leche de coco y combinado con pescado, pollo o calamares. Se sirve acompañado de arroz -¡qué sorpresa!-, dentro de un coco o en la propia hoja del plátano.

Quizás este plato es un poco más “exótico” que el Lok Lak, pero los que estéis familiarizados con el curry lo vais a apreciar. Se puede degustar un buen amok de pescado en el restaurante francés La Noria -en la River Rd, bastante pijillo- o en el Socheata II, un restaurante discreto, sencillo, escondido al final de un callejón y muy cerca del Mercado Viejo. En este último el plato sale a unos 2,5 $.

Lok Lak -sin huevo-, Amok de pescado y pollo con anacardos

Lok Lak -sin huevo-, Amok de pescado y pollo con anacardos en La Noria

Resta decir que estos dos platos son la punta del iceberg de una rica cocina que bebe de influencias chinas y de otros países del sudeste asiático, como pueden ser Vietnam o Tailandia. Sin olvidar ese toque francés, de herencia colonial, que revolotea tímidamente por esas latitudes… Así que os animo a probar, a investigar y a jugar con la amplia paleta de sabores de la cocina jemer tradicional ¡Bon apetit!

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Chiang Mai: Un masaje solidario… ¡y carcelario!

Preparados para nuestro Masaje ¡vaya pintas!

Preparados para nuestro Masaje ¡vaya pintas!

En cualquier viaje por Tailandia, programado o por libre, seguro que Chiang Mai aparece como parada obligada. La segunda ciudad de Tailandia, situada a unos 700 km al norte de Bangkok, es uno de los centros neurálgicos de la cultura tailandesa y cuenta con una rica y destacada gastronomía propia. Los tailandeses la llaman La Rosa del Norte.

Sin embargo, a pesar de su popularidad, pocos saben que en esta ciudad recoleta uno puede disfrutar de uno de los mayores placeres que la cultura tailandesa ha legado al mundo: el masaje. Y no me refiero a un masaje cualquiera, sino a uno ÚNICO, “AL” masaje.

Mi propuesta es el Centro de Masaje de la Cárcel de Mujeres de Chiang Mai, donde las propias reclusas ofrecen fantásticos masajes corporales y podales, como parte de su programa de reinserción social. ¡Si, si, lo que habéis oído! Nos lo recomendaron en nuestra guesthouse y fue un acierto total.

Se trata de internas a las que les quedan menos de seis meses de condena. Con esta iniciativa, además de enseñarles un oficio, se las ayuda económicamente, puesto que todo el dinero que recaudan en ese tiempo va a parar a un fondo que se les entrega al salir y que sin duda contribuirá a su reinserción social.

Los masajes corporales valen 180 bath (4,5 €) y duran una hora. También hay posibilidad de hacerse la versión podal por 150 bath (4 €) y alguna que otra oferta, dependiendo de la temporada. Tan solo hay que presentarse allí entre las 8.30 y las 16.30 h. y pedir la vez ¡a la mujer policía que hay en la puerta! No reservan, así que si vais temprano y tenéis suerte puede que entréis en el momento, si no, tocará esperar…

El centro de masajes no está en la propia cárcel -tranquilos-, está enfrente, en una pequeña casita de madera de más de cien años de antigüedad. Así lo anuncia un cartel. Al entrar te atiende una señorita que te acompaña hasta los vestuarios para que te cambies. Ellas te facilitan una camisa y pantalón flojos, perfectamente lavados y planchados, con los que estar cómodo durante la sesión de masaje. Luego, como es normal en este tipo de rituales, te lavan los pies escrupulosamente con agua tibia.

Una vez listo, pasas al salón propiamente dicho. El ambiente es muy agradable: luz en penumbra, ventiladores refrescando la estancia, hierbas aromáticas y camas con sábanas muy blancas y limpias. Tu masajista se acerca y ¡empieza la experiencia! Insisto: una hora de masaje por poco más de 4 euros. Una ganga.

El masaje tailandés es un masaje de estiramiento y profundidad, cuerpo a cuerpo, una especie una coreografía en la que los límites entre el placer y el dolor -ligero- se diluyen suavemente. Hay que saber que no usan aceites -eso es “otro tipo” de masaje-, sino alguna pomada herbal, como el Bálsamo de Tigre, originario de Birmania y que sirve, entre otras cosas, para aliviar dolores musculares.

El resto os lo podéis imaginar. Una hora de reloj en el que de los pies a la cabeza, literalmente, todos tus músculos y articulaciones son masajeados y activados… ¡una pasada! Cuando acabas, te cambias y te ofrecen un té verde para ponerle la guinda “zen” al pastel. Se paga al salir, a la guardia, y si se quiere se puede dejar una propina en la Tip Box, que es común.

La razón de porqué los masajes de esta cárcel de mujeres son tan buenos nos la contó el dueño de la guesthouse en la que nos hospedamos: “Al estar internas, se pasan el día estudiando y practicando unas con otras; por eso es tan profesional, el masaje tailandés conlleva muchas horas de estudio y dedicación”.

Así que ya sabéis, una experiencia única en pleno centro de Chiang Mai y por un precio irrisorio. Además, estaréis contribuyendo con una muy buena causa, ya que ellas ganan experiencia laboral y un dinero que, seguro, les vendrá muy bien para empezar una nueva vida. Si llegáis y os dicen que hay que esperar, os podéis acercar a la tienda y la cafetería del recinto, donde también se venden artículos de costura y repostería hechos por las propias internas.

Bueno, espero que este sea uno de los muchos consejos que pretendo daros para que disfrutéis lo mismo o más de lo que lo hicimos nosotros en nuestra aventura por Tailandia. ¡Nos vemos!

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Este verano… ¡una grattaccheca fresquita!

Hace como año y medio, aproximadamente, disfruté de un divertido viaje a ROMA, que resultó ser toda una revelación gastronómica. Os lo conté aquí, en el blog, y como os gustó tanto lo salado hice un segundo post muuuuuuuy dulce. Hoy vuelvo sobre uno de aquellos postres: la ‘grattachecca‘, muy típica de Roma e ideal para una calurosa tarde de verano.

¿Quieres saber de que se trata?

Pues no lo dudes…

DALE AL “PLAY”

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